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Verano diversidadCon una bandera del arcoiris se señala en las playas de Pinamar una casita blanca de madera, en medio de las exclusivas dunas de La Frontera marcadas por las camionetas 4×4. Sus responsables, Juana, Marcela y Angelo. Se trata de “Arte en el Mar, o más conocido como el “Parador Gay de Pinamar”, un lugar en donde además de verano se respira arte, calma y respeto por la diversidad.

En el parador conviven cuadros abstractos, libros hindúes apilados y música étnica. Durante la temporada, ese espacio es también la casa de Juana y Marcela que, por supuesto, viven juntas y se han encomendado la misión de enseñar a respetar a los otros través del arte.

Eso remarcan: “El arte encierra todo: la valoración hacia las otras personas y la libertad de pensamiento y de sentimientos”, dice Angelo, un artista que vivió en Italia por diez años y que ahora colabora en el parador preparando pizzas vegetarianas para los turistas. “Cada uno crea, pinta, dibuja a su manera. Acá no hay un estilo”, asegura Marcela, mientras toma una cerveza negra.

El parador se define gay friendly. “Puede venir el que quiera”, invitan. Heterosexuales, bisexuales, lesbianas, gays, transexuales y simpatizantes. “Buscamos concientizar”, agrega Marcela y señala la imagen de Pepe Grillo —el personaje de Pinocho— que tienen en la cocina: “Esa es nuestra conciencia”.

El lugar fue cedido por la Municipalidad de Pinamar en 2003, y esta temporada lograron el apoyo del Instituto Nacional Contra la Discriminación, la Xenofobia y el Racismo (INADI). Marcela dice que están muy tranquilos: “No nos importa lo que dicen los demás. Tampoco recibimos quejas”. De paso por Pinamar, la titular del INADI, María José Lubertino, destacó el valor del parador. Y, aunque admitió que en la Argentina aún falta para la aceptación total de otras orientaciones sexuales, remarcó que “es importante enseñar a no discriminar”.

A las 14, el parador se llena. Los más chicos pintan y leen cuentos. Los adultos toman cerveza, comen platos vegetarianos, tocan la guitarra y el bongó y, en las noches de luna llena, leen poemas. “Hicimos todo a pulmón”, cuenta Angelo. “Somos los hippies de La Frontera”, comenta Marcela.

Vía Clarín

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