El matrimonio gay, termómetro de la modernidad

26 de septiembre de 2009 | Por Columnistas
Escribe DANIEL BORRILLO *

Por DANIEL BORRILLO *

En la controversia actual sobre el derecho al matrimonio para las parejas del mismo sexo, es usual abordar la cuestión como una ruptura con la tradición. Pero ¿de qué tradicion estamos hablando?

Desde la Revolución francesa, el matrimonio deja de ser concebido como un sacramento. Si, en el ámbito canónico, la diferencia de sexos es consubstancial a la unión pues el matrimonio conlleva la finalidad reproductiva, en el ámbito civil, en cambio, lo que resulta particularmente relevante es la voluntad de los contrayentes. No es la consumación (unión de los cuerpos) lo que cuenta sino el consentimiento (unión de las voluntades). En ese sentido el matrimonio gay se inscribe plenamente en esta tradición que se denomina “la modernidad”.

Al referirse al matrimonio muchos de los opositores hacían referencia no tanto a la dimensión civilista de las bodas sino a su pasado sacramental. Pero dejemos esta otra tradición a los integristas…

El movimiento LGBT (lésbico, gay, bisexual y transexual) produjo el triunfo de una visión moderna, individualista, contractualista y desacralizada de la vida familiar, concebida de ahora en adelante al servicio del individuo y no éste al servicio de aquella.

Si el movimiento feminista puso fin al “contrato de género”, denunciado como la perpetuación de la desigualdad social y política de la mujer, el movimiento LGBT radicaliza dicha evolución pues rompe con la base misma de la diferencia de sexos como constitutiva del contrato matrimonial.

Por eso los codigos modernos no habla ya de “marido” y “mujer” ni de “padre” y “madre”, denominaciones de tipo residual que hacen referencia a la especifidad de las funciones masculinas y femeninas, sino de “cónyuges” y “genitores”, terminología más adecuada con la exigencia de igualdad entre las partes ya que los derechos y obligaciones no están determinados por el sexo de los contrayentes. La apertura del derecho al matrimonio para las parejas del mismo sexo nos obliga a asumir sin cortapisas los principios políticos de la modernidad. La desacralización de las nupcias, la disociación entre sexualidad y reproducción, la fundación de la filiación en la voluntad y no en la biología así como la contractualización de las relaciones familiares ponen de manifiesto la radicalización de la modernidad que produce el matrimonio entre personas del mismo sexo. De ahora en adelante no podemos seguir pretendiendo que las instituciones familiares están fundadas en un orden natural que trasciende la voluntad individual: cada ciudadano, homo o heterosexual, construye su propia familia.

El rechazo del matrimonio homosexual muchas veces no es más que la hostilidad hacia la modernidad política, social y jurídica. El horror que produce la homoparentalidad es proporcional al temor de fundar la vida social en valores inmanentes y no en una metafísica naturalista.

Los argumentos que se utilizan contra la igualdad para las parejas homosexuales no son novedosos, se han usado contra los matrimonios interraciales, contra la libre disposición del cuerpo por las mujeres, contra el sufragio universal, contra el estado de bienestar….. Todas estas evoluciones fueron también consideradas por los conservadores como situaciones apocalípticas. Pero dejemos para los reaccionarios el miedo irracional a la modernidad…

La modernidad es siempre un proyecto inacabado, una asignatura todavía pendiente, con un gran potencial utópico. Por eso cada piedra que se trae al edificio de la modernidad constituye un aporte extraordinario que debemos celebrar. Hoy le debemos dicha contribución al movimiento gay quien reactualiza todos los combates anteriores de las minorias que enriquecieron la democracia.

* El autor es intelectual argentino nacido en Buenos Aires, especialista en el estudio del derecho privado y los derechos LGBT. Actualmente es profesor de Derecho Privado en la Universidad Paris Oeste.

Artículo publicado originalmente en el blog del autor

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