8 de Marzo, Día de la Mujer trabajadora y en lucha

Día de la Mujer, la lucha continúa…

8 de marzo de 2010 | Por | Compartir con Blogger Facebook Twitter Email

Contrario a lo que el imaginario colectivo cree, el Día Internacional de la Mujer dista mucho de ser una jornada de festejos con regalos incluídos. Su origen y la realidad actual de las mujeres muestran lo contrario.

El Día Internacional de la Mujer tiene sus orígenes en el movimiento internacional de mujeres socialistas de finales del siglo XIX, que “tenía como finalidad exclusivamente promover la lucha por el derecho al voto de la mujer, sin ningún tipo de restricción basada en el nivel de riqueza, propiedad o educación”.

Instaurado definitivamente como Día Internacional de la Mujer, lo que hoy se conmemora cada día 8 de marzo nació también como el Día Internacional de la Mujer Trabajadora, para conmemorar la lucha de la mujer por su participación, en pie de igualdad con el hombre —o mejor dicho el varón— en la sociedad y en su desarrollo íntegro como persona.

Surgida en plena Revolución Industrial la fecha estuvo relacionada en un principio con el movimiento obrero para luego, incluso, abordar la paz mundial —con el advenimiento de la Primera Guerra Mundial— y la solidaridad internacional entre mujeres.

El aspecto antibélico ya se había visto reflejado en la lucha emprendida en la antigua Grecia por Lisístrata, quien empezó una huelga sexual contra los hombres para poner fin a la guerra. Luego se vio reflejada en la Revolución Francesa, cuando las parisinas que pedían “libertad, igualdad y fraternidad” marcharon hacia Versalles para exigir también el sufragio femenino. Pero no fue hasta los primeros años del siglo XX cuando se comenzó a proclamar, desde diferentes espacios internacionales de izquierda, la celebración de una jornada de lucha específica para la mujer y sus derechos.

La paz y la igualdad

En el marco de los movimientos en favor de la paz que surgieron en vísperas de la Primera Guerra Mundial, las mujeres rusas celebraron su primer Día Internacional de la Mujer el último domingo de febrero de 1913. En el resto de Europa, las mujeres celebraron mítines en torno al 8 de marzo del año siguiente para protestar por la guerra o para solidarizarse con las demás mujeres.

En 1917, como reacción ante los 2 millones de soldados rusos muertos en la contienda, las mujeres rusas escogieron de nuevo el último domingo de febrero para declararse en huelga en demanda de “pan y paz”. Cuatro días después el Zar se vio obligado a abdicar y el gobierno provisional concedió a las mujeres el derecho de voto. Ese histórico domingo fue el 23 de febrero, según el calendario juliano utilizado entonces en Rusia, o el 8 de marzo, según el calendario gregoriano utilizado en otros países.

El reclamo de hoy

Hoy, casi un siglo después de conseguido el derecho al voto, los movimientos feministas no sólo continuan su lucha por este primer paso en favor de la igualdad ciudadana de la mujer con respecto al varón en una sociedad machista dominante, sino que han sumado nuevos objetivos.

La violencia contra las mujeres manifestada en infinidad de formas es uno de los principales aspectos que los movimientos feministas se encargan hoy en día de difundir para que mellen en la opinión pública y los organismos estatales que deben asegurar la protección de todos los ciudadanos y ciudadanas.

Todas y cada una

También, la lucha feminista hoy incluye a las mujeres lesbianas y bisexuales, a las mujeres transexuales, las trabajadoras sexuales y en gran medida aboga por un apartamiento de las religiones fundamentalistas (incluída la Católica, sobre todo la Católica) de las políticas públicas, como elemento decisor a la hora de garantizar sus legítimos derechos.

En todo el mundo occidental, las religiones cristianas son las que se oponen al reconocimiento de la igualdad de las mujeres y de las minorías sexuales. Esta postura retrógrada es la que lleva hoy a eternos conflictos sobre el derecho a la libre decisión sobre la interrupción de embarazos —un tema con fuertes argumentos a favor que no conviene tomar a la ligera— o el reconocimiento como mujeres a las transexuales femeninas.

Por eso, también, varios movimientos feministas han tomado recientemente la iniciativa de la apostasía, una renuncia colectiva al Catolicismo para pedir así ser borradas de sus registros de bautizmo y evitar que la Iglesia hable e intervenga en representación de ellas.

La actual lucha también consiste revertir el feminicidio y el sistemático ejercicio de la violencia física y verbal, los secuestros y la trata de blancas. Año tras años miles de mujeres mueren en todo el mundo víctimas de brutales golpizas en el seno de sus hogares o en ámbitos de reclusión impuesta a la fuerza. En estos últimos las que corren con “mejor suerte” son las que conservan la vida pero son forzadas a brindar servicios sexuales contra su voluntad. Todas, absolutamente todas han sido privadas ilegítimamente de su libertad y apartadas de sus familias borrando todo rastro de su existencia.

En países musulmanes el sometimiento es aun peor. Las mujeres son poco menos que objetos que sólo sirven para decorar los hogares fundados en la cultura machista paternalista. Hasta las culturas indígenas latinoamericanas se han viciado con las costumbres post colonizadoras y hoy, en esas sociedades que tradicionalmente rendían respeto a la mujer, se observa un significativo aumento de violencia ejercida contra ellas.

En lucha por la igualdad de la diversidad sexual

También es justo recordar que los movimientos por los derechos de gays, lesbianas, bisexuales y trans (LGBT) han sido siempre apoyados en su lucha por sus pares feministas.

Uno de los ejemplos más cercanos y recientes es el de Cuba, donde el movimiento de mujeres encabezado por Vilma Espín, cuñada de Fidel Castro y madre de Mariela Castro, titular del Centro Nacional de Educación Sexual (Cenesex), hija del actual presidente.

Este movimiento feminista tomó como suya la causa homosexual y fue en gran medida el autor de muchos de los logros obtenidos en la isla a favor de los derechos de la diversidad sexual y con un gobierno inicialmente adverso a las minorías sexuales, entre ellos las descriminalización de la homosexualidad y el reconocimiento de la identidad de género de las personas transexuales.

Justo es decir también que, en momentos en que estamos esperando que el Congreso Nacional apruebe el mal llamado matrimonio gay, la lucha efectiva por la apertura de esta institución civil para las parejas del mismo sexo (gays o lesbianas) fue iniciada por dos valientes mujeres: Claudia Castro y María Rachid. Ambas militantes feministas y lesbianas que no dudaron en ponerle el cuerpo y la cara a un recurso de amparo —que hoy se multipilca por decenas en todo el país— para que la Justicia deba decidir que todas y todos los ciudadanos y ciudadanas tenemos los mismos derechos a formar una familia con el consiguiente reconocimiento del Estado.

La iniciativa de María y Claudia se traducen al día de hoy en dos parejas gays ya casadas —y con todo el alcance legal que ello supone— y en el debate, tanto en la Corte Suprema como en el Congreso de modificar la legislación para que el matrimonio civil deje de ser un derecho sólo para las parejas heterosexuales.

¿Celebración, conmemoración o lucha permanente?

De cara a todos estos argumentos es bueno detenerse a pensar si el 8 de marzo es, entonces, un día para la celebración o para reflexión. Todo parece indicar lo segundo.

Aunque no habría nada de malo en felicitarlas por la valentía que a lo largo de mucho tiempo han sabido tener, lo realmente importante de parte de todos aquellos que no somos mujeres es expresar que estamos con ellas en su lucha, que nos sumamos a su causa como ellas lo han hecho con las nuestras y que, fundamentalmente, nos comprometamos —cada uno desde su lugar— a construir y hacer realidad un mundo más digno, más igualitario y más justo para todos y todas.

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Un comentario »

  • Graciela Cristina dice:

    El artículo de Martín Scioli es impecable y refleja con nitidez la doble discriminación de que somos objeto. En efecto, esta sociedad misógina, conservadora, machista y patriarcal nos acosa por nuestra doble condición, de mujeres y lesbianas. Nuestra resistencia es siempre más agotadora e incomprendida. La violencia familiar, los feminicidios, la discriminación laboral, la legislación antiabortista, la explotación sexual son alguno de los males que padecemos las mujeres.

    Felicito la columna de hoy.

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