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Mientras fui chiquito (que yo también lo fui alguna vez) mi vieja se cuidó mucho de decir malas palabras. Incluso se enojaba cuando era yo quien, por error o no, las decía. Pero con el paso del tiempo, la costumbre se fue relajando y, poco a poco y sin que a nadie le llamara la atención, los “carajo” y los “mierda” pasaron a formar parte del diálogo cotidiano. Aun así, no sería justo decir que fuera mi madre una gran puteadora, como creo que tampoco lo soy yo. Pero lo cierto es que puedo recordar con claridad cuál fue la primera frase “relajada” que le escuché. En relación a una señora que parecía muy estirada, dijo: “Esa es de las que le tienen asco a la propia mierda”.

Recordé la anécdota días atrás.

Como gran admirador de Antonio Gasalla, había puesto Telefé para disfrutar el regreso de “La Abuela” al show de la inefable Susana Giménez, programa que de otra manera no representaría una opción a la hora de elegir algo con qué entretenerme en la televisión. Y así fue como me convertí en espectador directo de la anécdota lamentable que ya todas y todos conocerán: ante la negativa de la “diva” a reincidir en el plano amoroso, la Abuela lanza la frase “Te vas a hacer lesbiana, Susana”, a lo cual la rubia responde con un horrorizado y estridente “NO, ABUELA, ¡QUÉ ASCO! ANTES LA MUERTE”. Y, automáticamente, no sé por qué me acordé de la frase de mi vieja. ¿Por lo del asco será?

La escena fue fuerte. Semejante exabrupto en referencia a un judío (por ejemplo) hubiera desatado una batahola de reclamos y de cuestionamientos, se hubiera hablado durante semanas hasta en los programas de chimentos y tal vez hubiera merecido algún tipo de intervención judicial. Recuerdo, sin ir más lejos, las importantes repercusiones que tuvo su desafortunada “El que mata tiene que morir”. Sin embargo, en este caso en el que la ofensa iba dirigida contra la parte femenina de la comunidad LGBT, tuvimos que contentarnos con algún que otro reporte en los programas de archivos (que en general se limitaron a tomar para la chacota la previsible vacuidad cerebral de la conductora), con alguna somera referencia en algún matutino y con un artículo algo controversial en el sitio de TN escrito por Osvaldo Bazán. Claro que también la FALGBT hizo escuchar su voz, como le correspondía en función de su carácter de defensora de los derechos de nuestra comunidad. Desconozco si la CHA emitió algún documento semejante.

En los foros y los muros de Facebook también hubo alguna repercusión pero nada remarcable. Extraño. Sobre todo si tenemos en cuenta que, entre los comentarios vertidos, no fueron pocos los que pretendían quitar importancia a las manifestaciones de la rubia o incluso justificarlas. Todo en nombre y defensa de la libertad de expresión. Ni siquiera faltó quien buscara el justificativo por el lado de “le da asco SER lesbiana, no LAS lesbianas”, ¡lo cual me parece un insulto a la inteligencia de quienes pudimos leer semejante despropósito! Si le da asco ser lesbiana, es porque le dan asco las lesbianas. No hay manera de verlo de otro modo. A mí me da asco la mierda justamente porque es mierda, pero si una señora me invitara a la cama, hoy por hoy, declinaría amablemente su propuesta porque sencillamente mis gustos van por otros andariveles. ¿Hay diferencia o no?

Para algunos, no es tan reprobable decir que las lesbianas dan asco. Para otros, los que estamos en falta somos los que salimos al cruce aseverando que el mensaje de Su es un mensaje de odio y altamente discriminativo. Para ellos, nosotros somos INTOLERANTES.

Y es aquí donde la cuestión empieza a hacerme ruido realmente.

Yo creo fervientemente en la libertad de expresión. Pero no me parece que deba ser utilizada para justificar cualquier cosa. Mucha gente en los últimos años ha hecho uso y abuso de su derecho a expresarse, llegando a veces casi hasta la apología de algún delito. Por citar solo algunos ejemplos, se la ha escuchado a la misma Susana pidiendo mano dura, a Duhalde reclamando a favor de los que quieren a Videla, a su señora esposa acusándonos de complicidad con los traficantes de bebés, a Negre de Alonso diciendo que el matrimonio igualitario solo incentivaría el tráfico de esperma… y la lista de iniquidades sigue y sigue. En cada uno de esos casos, no era el derecho de las personas a decir lo que pensaban lo que estaba en juego (eso se da por descontado en un sistema democrático) sino los efectos que tales aseveraciones pueden provocar en la vida del ciudadano común. De hecho, cada uno de los mencionados fue fuertemente criticado por la comunidad en general. Nadie tiene por qué callar lo que considera una verdad. Pero no es menos cierto que debe hacerse cargo de las consecuencias de lo que dice o hace.

Tolerar es hacer la vista gorda frente a algo que uno considera reprobable. Uno es tolerante con lo que le rompe las pelotas pero, para evitar inconvenientes o males mayores, lo deja pasar. En cuanto a Su, tolero que ella carezca de los filtros necesarios como para ejercer responsablemente su rol privilegiado en los medios de comunicación. Tolero sus prejuicios, tolero su incapacidad para medir las consecuencias de lo que dice, tolero su desprecio por las personas que asumen una posición diferente ante la vida… En resumen: sus actitudes gozan de mi más amplia tolerancia pero no cuentan con mi respeto. Sí respeto su derecho a decir lo que se le venga en gana, pero cualquier hijo de vecino sabe que todo acto tiene consecuencias. Y en el caso que nos ocupa, la consecuencia más directa será el enérgico repudio de quien suscribe hacia sus dichos y hacia su ideología mezquina. Sería de mi agrado, no obstante (dado que no imagino a SG afligida por causa de mi enojo)… sería de mi agrado que llegara el día en que tales manifestaciones fueran también pasibles de algún tipo de penalidad por parte de la justicia, en tanto ecos de una cultura machista y prepotente. No me caben dudas de que la discriminación debería ser un delito punible. Sobre todo en casos como estos, en los cuales la “desbocada” resulta ser una persona que maneja un medio de comunicación con mucha llegada entre la gente común, aun entre algunos de los miembros de la comunidad LGBT, quienes (en una especie de síndrome de Estocolmo) se solidarizan con alguien que nos tolera pero no nos respeta. Aunque tampoco deberíamos ponernos en víctimas privilegiadas. Después de su “pedido de disculpas”, de acuerdo a las exigencias de la carta documento librada por la FALGBT, quedó más que claro que su falta de respeto hacia la dignidad ajena no se circunscribe a nuestra comunidad. No de otra manera puede entenderse la frase final: “si todos se ofenden en este país, pronto no se va a poder hablar…”. Claro. Es que personas de la calaña de Susana Giménez jamás van a comprender la conveniencia de callarse la boca. Mientras sigan facturando, todo vale.

Esto ha sido todo por hoy. Desde las callecitas de la siempre misteriosa Ciudad de la Santísima Trinidad y Puerto de Nuestra Señora de los Buenos Aires se despide Víktor Huije, un cronista de su realidad que sería un poco más tolerante tal vez si, detrás de estos flagrantes mensajes de odio, no se escondiera la justificación para los abusos y las muertes perpetrados en nombre de la moral y las buenas costumbres.

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